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lunes, 5 de octubre de 2015

Isabel Fernández Quiñones, ex asistente de los vales, y mis 6.000 euros


Es normal que los carroñeros acudan a mirar entre papeles al morir D. José María. Si hubiera joyas también se las habrían agenciado, pero van en busca del tesoro ansiado tras la pista sin respetar ninguna memoria.

Ya lo hacía Begoña con Biondini cuando mandaba a sus hijos a escudriñar los ordenadores de los despachos de Alondra. Operación 250 millones de euros del ala era una misión en que, menos los perros, todos estaban dispuestos a colaborar. 

Isabel Fernández Quiñones ha sacado en Twitter un papel donde, por instrucciones de D. José María, dijo que tomara literalmente su dictado. Jesús Urdiciain, el exconvicto se había agenciado 6.000 euros de manera irregular, apropiación indebida, engañando al empresario sobre un viaje a Alemania que nunca realizó cuando, alertado por Inversores que me avisaron de que algo sucio se traía manipulando a unos y a otros, descubrí en el BOE su amplia trayectoria delictiva. 

D. José María lo había pedido prestado a un amigo jugándosela a una carta pues el facineroso embaucó al principio sobre soluciones que solo eran pretextos para meter la cabeza como una garrapata.

Un día el empresario me llamó para que acudiera a la calle Rigel 1 de Pozuelo, la segunda residencia donde se trasladó después de salir de Alondra.

Cuando estaba departiendo con él, de repente salió corriendo el jardinero, no recuerdo si estaba Paco Caruda también pero sí una indiferente Teresa Rivero, al escucharse la alarma de mi moto. Cuando salimos me encontré el vehículo tirado en el suelo, en pleno verano con una calle completamente desierta, por un chico que había arrollado la motocicleta dando marcha atrás porque no le funcionaba al Chevrolet Cruze el avisador acústico que advierte obstáculos. Así pues embistió violentamente y la tiró estrepitosamente resultando dañada por el golpe.

Cuando regresé a mi casa, D. José María llamó y me dijo que se sentía muy apenado por lo sucedido pues siempre me había visto con ella. Aunque me cercioré  reiteradamente de que lo que me decía no fuera perjudicial para él al no disponer de dinero, me participó que, incluso como pequeña compensación por mis muchos sacrificios de los años a su lado, me iba a entregar 6.000 euros para que arreglara además la moto. Asegurándome él de que se encargaba de todo y que no me preocupara que sabía lo que tenía que hacer, se despidió ilusionado y feliz de poder hacer algo por mí.

Así fue que me llamó Humberto Otero-su contable y amigo de toda la vida que ya había estado durante el origen de las negociaciones legales sobre el Proyecto de pago a los Inversores-al cabo de unos minutos para decirme que el empresario le había pedido el favor, después de explicarle el trance, y me afirmó que dispondría de 6.000 euros en dos días. Sin embargo no fue así y no volví a saber nada siendo prudente en no inquirir sobre ello, comprendiendo yo que la situación era una cuestión decisiva y agradecí la intención aunque no se pudiera llevar a cabo.

Un día, estando el empresario con Paco Caruda y conmigo, que entonces ya le visitaba esporádicamente, me pidió que apuntara en un papel lo que se le debía a Paco por gestionar el móvil que tuvo Susana Álvarez e insistió en que apuntara lo que me dijo que se me adeudaba: 6.000 euros que nunca se me pagaron. A su petición de escribirlo en mayúsculas y literalmente procedí a apuntarlo puntualizando él que lo hiciera en pesetas y euros. También me dijo que escribiera que le adeudaba otro millón a Paco por cargar con gastos por él durante un tiempo. Siempre comprendí que su buena intención para con Paco y conmigo no era acorde a la situación económica que él ya no podía controlar. Le seguí la corriente porque sabía que así se sentiría bien.

El papel fotografiado está recortado cuando el original no lo estaba. O ha sido recortado fortuitamente o con intencionalidad. Lo que ignoro no lo afirmo. 

En cuanto a este elemento, no es más tonto porque no le da más la codicia mononeuronal.

Y esa es la historia de 6.000 euros por el arreglo de mi moto y la pena que le dio verla en el suelo, sin cobrar nada,  frente a los múltiples 6.000 euros en vales que nos encontramos por los despachos de Alondra a nombre de la extrañamente leal Isabel Fernández Quiñones.

¿Siguiente patochada biondinesca?


Señor, Señor, qué cruz.

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