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domingo, 23 de marzo de 2014

Adolfo Suárez: Promete quien puede


  D. José María Ruiz-Mateos manifiesta sus condolencias a los familiares y amigos de D. Adolfo Suárez, en la convicción de la imprescindible figura que representó el primer presidente de la democracia en España

A menudo el compromiso con el bien del pueblo ha sido la mejor excusa para ir contra el mismo pueblo, pero Adolfo Suárez se integraba con una singular responsabilidad que siempre defendió, pese a la adversidad generalizada, por y para el ciudadano. Le importaba España y sacrificó su identidad personal y política por la supervivencia del país en que nadie creía después del franquismo.

Delinear las pautas prácticas de convivencia en una nación virtualmente confrontada ante los fantasmas guerra civilistas, le costó, quizá así fuera, la predestinación del vilipendio por parte de los beneficiados de su abnegación; denostado hasta la asfixia, defendió su particular credo de libertad plural adelantándose a su tiempo. Finalmente, la semilla del pionero incomprendido acabó germinando después de que se prescindiera del sembrador, porque su sino parecía estar escrito en la incomprensión y la inmolación que facilitaron el asentamiento del consenso constitucional.

Nadie por entonces creyó en la intención de sus promesas en beneficio de todos. Aquel Presidente de Gobierno tuvo que morir varias veces para que se le rindiera el homenaje de su tributo personal y político. Suárez resucitó en la memoria de los españoles una vez fue muerto por la incomprensión de cuantos le martirizaron para advertir el resultado de su gran obra. El destino de un hombre imprescindible al que repudiaron después de dejarse la vida en el empeño, fue de mayor mérito siendo acaparador de tanto desprecio.

La Transición se debe a su capacidad para vislumbrar aquella España de futuro que nadie veía en el otrora difícil tiempo de buscar consensos más allá del enfrentamiento o de la discordia histórica. Contemplando, desde la clarificación de las décadas transcurridas, aquella labor por conseguir lo que la mayoría pensaba imposible, se antoja inverosímil el resultado sin la existencia de este prócer de la patria que lo hizo todo posible.

Suárez se defendió de sus propios miedos con la valiente convicción de que el puente hacia la democracia era viable, consciente de que la firmeza de su resolución debía ser guía para cuantos recelaban de sus antecedentes políticos, como así se manifestaban tantos con hostilidad en el convencimiento de que su presidencia sería caracterizada por la arbitrariedad y el engaño.

Prometer lo que nadie vislumbraba lo convertía en visionario y además concitaba toda clase de recelos que provocaron un desgaste como destino de su audacia para mantener el equilibrio que, de haberse fracturado, habría abismado a los españoles hacia la confrontación.

Abrir la compuertas para que manara el agua turbia del estancamiento de la libertad, largamente coaccionada durante cuarenta años, era todo menos previsible y Adolfo Suárez aceptó el papel de compromisario con la sapiencia añadida de que su papel moderador se vería salpicado de las agresiones de todos, por atreverse a unificar los intereses de una España minada de divergencias ideológicas. La envergadura de su misión era colosalmente ignorada.

Prometía con solemnidad, porque sabía que el honor del juramento daba credibilidad a su proyecto de progreso más allá de las cortapisas juramentadas, de las múltiples ambiciones que preponderaban por encima de todo consenso. A base de prometer terminó por conseguir lo que se propuso intentando moderar un corral de fieras descontentas. Así se fue construyendo esta España que entonces lo olvidó. Y es que su compromiso era para con la cierta Historia, aunque muchos lo tacharan de farsante cuando tuvo que bregar con todos los conflictos que terminaron arrinconándolo en su tiempo de batalla, para convertirse después en un benefactor patrio al que le debemos nuestra vida en libertad.

Pocos pueden prometer y cumplir como Adolfo Suárez lo hizo. Su palabra histórica prevalece y queda su compromiso rubricado en este país que hoy lamenta su ausencia, después de que él sufriera un calvario por el cumplimiento de su honroso y fructuoso deber asumido con dignas promesas que supo cumplir.

Descanse en bien merecida Paz.


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