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martes, 26 de febrero de 2013

La inmundicia del cinismo y la envidia en España




 En España hay muchos escorpiones y serpientes que aparecen con solo dar una patada en el suelo. Reptan en las sombras para picar a la luz pública transformándose, por obra y gracia de un cinismo afín a la criminalidad encubierta, en corderos con apariencia inocente. Es un país transformista éste en que los miserables campan por sus respetos, provocan perjuicios, engañan multitudinariamente y luego son reconocidos como héroes por parte de los que resultaron dañados. 

Un país de idiotas sumisos que se tragan las mentiras que les sirven en bandeja, en tanto se dejan hurgar los cuartos traseros para sacarles la podredumbre de las que se alimentan día a día, relamiéndose como si degustaran ricas viandas.Lo que por un lado se la meten, por otro lo extraen. Lo que se da se quita aunque sea sin disimulo, practicando una sodomía colectiva en un país amaestrado en que cuando dan por culo es obligado dar las gracias. Será por el sectarismo de la podredumbre que encuentra en la demagogia la forma fácil de arrastrar a la manada, para justificar lo que es pura delincuencia dirigida por estafadores tras una sigla política.

La incapacidad genera recelo cuando se observa la obra ajena de los genios. Levantar un Holding empresarial y financiero de 800 empresas y 23 bancos no es algo que perdone la mediocridad. Así es fácil encontrar a tantos detractores que pretextan las mentiras para justificar el crimen. España es así de nauseabunda cuando envidia.

España es un lugar de hipócritas, de ignorantes, paraíso de criminales de la política, finca del latrocinio para mayor gloria de esos señoríos latifundistas en que muchos antes parias de la Tierra han convertido sus pisitos; terratenientes a conveniencia con la excusa del bien social; como aquellos ladrones recién llegados al poder que aplicaron la fórmula primeriza del robo a gran escala justificando con decreto ley un expolio delictivo que terminó de esquilmar, tiempo después, las arcas públicas de todos los ciudadanos.


Los míseros socialistas de entonces, disimulaban los colmillos afilados de la parasitación de siempre, iniciando un periodo de Transición en que se camuflaron con el orden democrático antes  de asaltar, como es costumbre histórica, el poder a cualquier precio. Hienas con apariencia borreguil cuyas intenciones no tardaron en manifestarse dando un giro radical, con asonada militar incluida, para montarse en la chepa de España y dar un bocado a la yugular. Es tan evidente la inmundicia hipócrita de estas alimañas que parecen contar con el beneplácito del demonio para obrar impunemente lo que en otro país estaría penado con la muerte. Suerte tuvieron de no ser perseguidos los que en otro lugar hubieran sido lanceados después de colgarles  de los árboles. Salieron de rositas estos ladrones del felipismo.


En España el salvajismo es más civilizado. En el caso de la delictiva expropiación de Rumasa las bestias se disfrazaron de política, de finanza, de periodismo, de judicatura. Bestias civilizadas y endemoniadas, cínicas, mendaces, criminales y con carácter de ladrón, todos en jauría para atacar la suculenta pieza de la que no dejaron ni los huesos.

Me consta que a muchos de esos degenerados se les atragantó el festín y España ha de agradecer a José María Ruiz-Mateos la persecución de la acostumbrada corrupción socialista que ha sido mierda aflorada por parte de pícaros pestilentes cuyas mujeres usan Chanel Nº5.


El asalto a Rumasa y la vergonzante continuidad de indefensión orquestada por un sectarismo cuya putrefacción asola la Justicia de España, es el paradigma de la estupidez y el cínico carácter de un país hecho de envidias, recelos, complejos destructivos y miserias rumiadas que son manifestaciones profundamente enraizadas en una sociedad conformada de mentiras, basada en el oscurantismo, en la mísera patraña del bien colectivo. La justicia social es la excusa perfecta para que majaderos e inútiles de poca monta se encumbren como monos en los atriles para ocultar, con aspavientos de indignación, la bestia sin entrañas que subyace tras la apariencia del animal político.


Esa fauna quedó al descubierto cuando en singular cruzada José María Ruiz-Mateos financió la lucha contra la corrupción socialista. A través de un gran Abogado como Marcos García Montes, se persiguió con Justicia, de la de verdad, la podredumbre de tantos parásitos escudados tras el PSOE para robar a espuertas a los españoles.

España es menos corrupta-aunque la inmundicia acostumbrada apeste después del paso de este tsunami de porquerías que siempre arrastra esta gentuza-, con los casos Juan Guerra, Filesa, Ibercorp, Roldán, Paesa, Fondos Reservados, CESID, Expo-92, denunciados y perseguidos, encarcelados.


Litigar contra un Estado que ha de ocultar sus miserias históricas para subsistir es una empresa muy difícil. Es una heroicidad en un país donde se da una patada en el suelo y asoman escorpiones, serpientes, escolopendras y babosas de todo calado depredador. Si a ello sumamos la mediocridad latente de una fauna ávida de parasitación, se entiende con sencillez por qué fue posible un expolio y posterior indefensión como el de Rumasa en un país de inmundos cretinos.

Por cierto que ya se sabe el fallo del Tribunal Supremo sobre Galerías Preciados: Denegado. Nada nuevo que no se supiera sobre la Justicia en España.

A pesar de las adversidades y del cretinismo generalizado, seguimos trabajando para encontrar soluciones. Las vías abiertas no dependen de amaños o togas que adornan la hipocresía de este país. 

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