martes, 24 de mayo de 2016

Carta a un anónimo y repúblico canalla


  No ignoro que los perjuicios que se me han intentado causar están relacionados con el papel desempeñado, pública y privadamente como su portavoz, entre otros muchos roles; por defender a José María Ruiz-Mateos con muchos interesados en ocultar la trampa y lo que pasó con su patrimonio expoliado y vilmente repartido, pretendiendo que muriera y cayera, junto a sus protestas legítimas, en el olvido. 

  Mucho me callo sobre lo vivido al lado de José María Ruiz-Mateos como director de comunicaciones y portavoz desde que me pidió, en Abril del 2012, ayudarle y trabajar juntos en defensa de sus derechos pisoteados y contra la confusión de acontecimientos recientes de los que no era responsable; defendiéndole públicamente de una injusticia histórica y trabajando intensamente con la voluntad de pagar a los Inversores que se quedaron entrampados por la emisión de pagarés de Nueva Rumasa. Cuestión esta última de la que fue exculpado por la UDEF. Asimismo ya había sido exculpado en 1996 convirtiéndose en  delictiva la expropiación de Rumasa y no se le devolvió nada pese a existir dos autos del Tribunal Supremo dictando la devolución de su patrimonio a falta de una consolidación de balances que jamás tuvo lugar. Esta es la justicia de España, ¿cómo no entender la situación actual de putrefacta decadencia en todos los órdenes del país?
 Soy discreto mientras persista la probabilidad de que una dura siembra dé sus frutos,  pero no olvido la nauseabunda sensación de haber tratado con los más granado de nuestra sociedad arruinada.  Silencio lo experimentado con esos personajes punteros de esta España ahíta de farsantes, cuando José María me tuvo como mano derecha para hablar con todo el mundo en su nombre y procurar  cumplir su voluntad de pagar. 

 Estuve en el núcleo pútrido donde se desenvuelven reputados juristas, periodistas, abogados, financieros, empresarios y guías espirituales de sectas respetadas  que me advirtieron, observando la selva de la desvergüenza donde estaba metido tratando con alimañas reputadísimas,  sobre la falsa apariencia de tan encumbrados elementos sociales. 

Uno de ellos es este al que me dirijo consciente de que traté con lo peor de la avaricia que se esconde tras los verborreicos discursos pretendiendo moralizar un país que, con gente como él, está definitivamente extraviado de lo moral y de la dignidad social:

Carta a un anónimo y repúblico canalla

  Despreciable disimulador de integridad personal:
  Escucharle en un programa de radio al poco del fallecimiento de José María Ruiz-Mateos me provocó una profunda náusea y una indignación que me impulsó a escribir estas líneas, indeseadas por dirigirme a usted. Durante los últimos años, al lado del empresario descubrí que la flor y nata de la sociedad es tan pútrida como sus actos ocultos.

  Me llamó mucho la atención el fanatismo con que profesa el ateísmo, acaso con el temor inconfesable de quien desea no equivocarse en sus planteamientos terrenales. Comprobé que no era de fiar y no me equivoqué. Desconfío de los ateos porque sus actos no conllevan otra referencia de valor que una conciencia mundanal. Si esta conciencia es retorcida o yerra es entonces cuando todo acto de maldad se justifica respondiendo solo ante uno mismo, envenenado de autosuficiencia cuando no de estupidez.

  Eso es lo que le sucede que  envuelto por el aura del engreimiento no es capaz de percibir la deformidad de su espíritu, enganchado a lo mendaz, a  la tergiversación calculada, al engaño sin escrúpulos y a la soberbia recalcitrante, sobre todo a esa soberbia que es su tarjeta de presentación pareciendo, disculpe que se lo diga pese a toda su vanidad mundanal, un idiota redomado. Usted no se va a reír de José María Ruiz-Mateos enalteciéndose en su ausencia.

  Me va a disculpar que desde mi corta sapiencia, mi dúctil ignorancia, mi impresentable condición de honradez-ya puesto en denunciar a los hipócritas que presumen de consejeros morales siendo detestables en sus actos personales-, le señale con dedo acusador para decirle públicamente que es un farsante de verborrea fácil y de difícil integridad porque miente cuando se postula como buen samaritano con el empresario ya fallecido. La soledad es una cuestión que no le rebato porque más que usted fui yo quien permanecí a su lado siendo usted compañía de conveniencia desde que las circunstancias me obligaron a verle-después de hablar con diez ingratos exabogados que no trabajaban sin cobrar; solo D. Antonio de la Riva permaneció con fiel amistad incondicional a su lado, trabajando sin dinero-, para ponerle al corriente de las factibles soluciones de Alemania y la necesidad de asesoramiento legal en España para el empresario.

  Sus paseos a Alondra 2  fueron pocos, los de José María muchos a su casa cuando usted intentó sacar tajada de las negociaciones con el recelo implícito del Sr. Ruiz-Mateos que, desgraciadamente, tampoco pudo confiar en sus bondades dado que tras su apariencia de bonhomía a ultranza escondía usted  la artera disposición del aprovechamiento,  aunque estuviera en juego el honor de D. José María y la perentoria urgencia de resolver el drama de los Inversores.

  A decir verdad y desmintiendo las falacias vertidas en el programa radiofónico que escuché con asco, usted fue el causante de múltiples demoras poniendo en peligro las negociaciones al intentar apropiarse de cientos de millones de euros del montante menguado de seiscientos-en origen era 2.000- que estaban acordados después de que los retrasos injustificados causaran perjuicios a las soluciones emprendidas. Usted por codicia que no solo puedo atestiguar yo, convirtió una marcha profesional orientada y cronológicamente programada en una tortuosa travesía por el desierto. El Gobierno no tuvo que ver con los sádicos retrasos que desgastaron hasta el tuétano del alma a tanta gente necesitada de urgentes viáticos, sino usted con sus estrategias personales negándose incluso a firmar unos documentos de trámite importantísimos para acelerar el proceso de salvación,  así reventara el mundo entero (sic) porque sus competencias eran mucho más excelsas.

  José María no le tuvo por amigo cuando descubrió sus artimañas al hacerse pasar literalmente por tonto para observarle, desde el escondite del Parkinson, con aguda inteligencia. Bien me decía entonces que ese maldito Parkinson dificultaba la forma de expresarse pero no el modo de pensar.  Recuerdo aquel Domingo que me llamó  para que usted me convenciera en su palacete de que José María le cediese el instrumento de las negociaciones legales sobre la cesión de los derechos de la expropiación de Rumasa por valor de 1.000 millones de euros por la cara, por su honorable e insigne cara, sin documentos firmados entre bambalinas ni garantías jurídicas en prevención de cualquier futuro desacuerdo o desavenencia, que para eso se firman los contratos. 
  
  Yo no daba crédito cuando usted me intentaba convencer durante atosigantes horas, por instrucciones del empresario, de que se le cedieran a su persona y sin avales esos potenciales 1.000 millones de euros para desarrollar las negociaciones por su cuenta. Miraba al empresario y él aparentaba  estar en Babia. No cedí y le expuse coherentemente la elemental necesidad del arbitraje contractual para un pacto así, por muy amigo u honrado que usted fuera. Al cabo de un tiempo extenso y rendido a la evidencia de mi firme resolución,  usted me dijo que como garantía del acuerdo  presentaría un valor de 1.000 millones en euros de tierras que poseía en un país sudamericano,  puntualizándome enojado que le hubiera gustado que yo creyera en su honestidad. Inmediatamente, José María pareció despertar de su  letargo que bien fingía hasta caérsele la baba y llevándome del brazo al inmenso salón contiguo me susurró que lo de sus tierras como garantía era un pufo. Sí, cuánto me callo de lo vivido esos años tratando con gente como usted.

  No, jamás confíó en su persona ni profesionalidad  y menos cuando pretendió aprovecharse de una situación límite. Jamás fue un amigo sino el avispado oportunista que intentó sacar tajada de su drama importándole muy poco el de miles de personas.

  Por ello tuve los enfados con usted que reventaron aquellas reuniones, cuando le expuse sin ambages la intencionalidad que ocultaba tras la apariencia de ese interés por defender los legítimos del Sr. Ruiz-Mateos para pagar a los Inversores. 

Recuerdo el día en que fui a exponerle la situación jurídica y financiera del Proyecto que una decena de exabogados se habían negado a llevar a cabo sin cobrarlo previamente.  Al principio me dijo-tras un severo interrogatorio jurídico, financiero y empresarial al que me sometió- no tener otro ánimo que conseguir un crédito de 100.000 euros que le permitiera liquidez. Luego aquella declaración de sencillas intenciones se transformó en la pugna por llevarse un montante de cientos de millones de euros destinados a los sufridos Inversores. No puedo imaginar lo que hubiera sido España si usted hubiese accedido a responsabilidades políticas tan altas como las que ufanamente critica desde el pedestal de la intransigencia.

  No, anónimo canallesco. El ejemplo suyo me  dicta férreamente  la desconfianza en quien no cree en otra vida. Peores son los integristas que justifican sus males con la oración pero no se queda usted atrás que los justifica con argumentos que disimulan actitudes nefastas. No confío en los ateos porque si se miran en el espejo de una conciencia revestida de indulgencia frente a las malas obras, no hay barrera moral ni límite para sus actuaciones toda vez que piensan que una vez transcurrido el paseo terrenal  les espera la impunidad de la nada.

  Afortunadamente no es así para el Sr. Ruiz-Mateos, cuya conciencia de luchador contra toda adversidad de injusticias innúmeras le habrán llevado lejos de la inmundicia terrena que tuvo que soportar entre ignorantes, engañados, estafadores, cobardes y desalmados. Desgraciadamente, cuando llegue el momento para usted, encontrará que nada acaba y es entonces, solo entonces, cuando empezará a apreciar el valor de la humildad después de envanecerse en lo efímero para cavarse una honda fosa donde enterrar el alma. Pero no se preocupe, ignorante que cree saberlo  todo, ya la desenterrará en el aprendizaje eterno.

Ignacio Fernández Candela

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