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miércoles, 9 de septiembre de 2015

La gente de bien supo quién fue D. José María. Homenaje de José Rodríguez Gómez



 (Imagen de InjusticiaRumasa1983)

Se nos fue José María, el de Rumasa, el de la abeja, aquel del..."que te pego, leche", al ministro del gobierno-gansteril de Felipe González... un tal Boyer, el mismo pieza que tras la "socialista" expropiación de su holding empresarial abrazara después, sin el menor rubor, las candilejas del papel couché que le ofreciera aquella china de porcelana. Para compartir con ella sus micciones y deposiciones entre refinadas cerámicas de Porcelanosa de no sé cuántos cuartos de baño en su lujosa mansión. 

Se nos fue Jose María, nuestro histriónico supermán hispano, aquel que fuera vejado, vendido, vilipendiado y crucificado, en un auténtico aquelarre de la infamia, en un fiel calco de lo acontecido con el Galileo dos mil años antes. Como aquél, no se libró del odio, ni de la envidia, ni del desprecio, ni de la venganza. Lo crucificaron solo porque ninguno de sus enemigos le llegaba a atarle las sandalias. También por ser un espejo donde todos ellos se reflejaban tal cual eran y no les gustaba lo que veían en él. No se lo perdonaron y sus "hermanos de fe", fueron los que destilaran mayor ahínco, ensañamiento y crueldad...

¡A la mierda con ellos, don Jose Maria!, solo eran Iscariotes aferrados al becerro, al brillo de la codicia, al apego del vil metal. Nada que ver con el alma en bandolera de este andaluz universal. Puedo imaginarle en sus insondables soledades, en el dolor de sus profundas heridas, en los amargos via crucis por tanta traición y por tanto ensañamiento...

Pero supo mantenerse digno, inmenso, sin doblar la rodilla. Estoy seguro de que también sufrió, ¡y de qué manera!, por aquellos que se vieron arrastrados y perjudicados en su titánico esfuerzo de reflotar su nuevo holding sin la menor ayuda del sistema financiero. Esperó hasta el final  a que el Estado, tras vencer en  una titánica lucha en las instancias juridicas españolas e internacionales, le restaurara lo que de la manera más vil  le fuera expoliado. 

Hubiera podido con ello devolver las legítimas deudas a sus acreedores, pero no pudo ser porque el Estado, en manos de los infaustos Caifases del sanedrin del abuso, Aznar, Zapatero o Rajoy, hicieron caso omiso de las resoluciones judiciales. 

Pese a todo, yo no veo a D. Jose María Ruiz Mateos como un perdedor. Perdedores fueron sus enemigos que, pese al calvario al que fue sometido, jamás consiguieron doblegarlo. Su figura se mantendrá imperecedera  mientras que la de sus enemigos  se difuminarán entre los grises pliegues del olvido, porque más allá de la traición nada fueron. Otros, en cambio, serán recordados en algún rincón de la Historia como miserables verdugos. No dieron para más.

José Rodríguez Gómez (Escritor)

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