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sábado, 10 de noviembre de 2012

Hipócritas y razas de víboras: La constancia de la traición ajena en la vida del empresario



Mi labor como portavoz me ha devengado muchas experiencias, a cada cual más ingratas pero gustosamente soportadas por representar a un gran hombre e irrepetible. Muy consciente de la imagen desvirtuada que la apariencias han hecho de él, pocos conocen la esencia noble que le ha guiado toda su vida.

Lidiar con la necedad, con la corruptela por conveniencias inconfesables, con la traición disfrazada de buenas intenciones y todo aderezado con el sensacionalismo de los medios- paradigma perfecto del basurero social en que se ha convertido España-,  me ha despertado una sensación de nausea con la que duermo cada día y me levanto cada mañana. Descubro que casi  todo lo que ha estado cerca de D. José María apesta y es paradójico que, siendo él un hacedor, sean tantos los parásitos que se han aprovechado de su obra y buen nombre durante toda la vida.

Es asqueante este submundo de intereses encontrados donde no importan las grandes causas sino las vulgares ambiciones. No debemos dejarnos engañar en estas desconcertantes estrategias. Quien menos ha importado es D. José María Ruiz-Mateos, siendo la excusa para alcanzar propósitos alejados de la dignidad o la entrega  incondicional que él ha dado.


Cada cariño por él poseyó un precio, cada gesto de emociones públicas un subterfugio de evidentes hipocresías. Cuesta decirlo porque no puede merecer el sino que se ha impuesto por avaricia en el entorno del genial empresario, pero el Sr. Ruiz-Mateos es instrumentalizado para sacar la mejor tajada de los restos de su emporio o del imperio económico que no controla, quizá siendo el primer engañado de esas maniobras oscurantistas que han surgido en toda etapa de su existencia.


La traición pública ha sido el ariete que se lanzó contra su honorabilidad hará treinta años desde la delictiva expropiación de Rumasa, pero es la traicionera actitud de las cercanías la que ha ejecutado la peor y más miserable ofensa contra sus emociones más intimistas y menos resguardadas, con todo el corazón abierto para que penetrara el venablo envenenenado de la discordia.


Si hay alguien inocente en toda esta historia falaz de las estafas del corazón, es D. José María, el hombre genuino de quien procede la única riqueza en que las disputas han creado tan apestosas actitudes circunstanciales con la que muchos quedan retratados.


Mi experiencia al lado del empresario me ha mostrado los más bajos instintos del cinismo arrimado a la espontánea genialidad de quien siempre ha mirado por sus semejantes, evidenciando con su ejemplo personal los defectos del alma en los ajenos, esos hipócritas y razas de víboras que siempre estuvieron lo suficientemente cerca para engañarle en los momentos en que se le creyó más indefenso.


D. José María no fue querido sino apreciado, en función del valor de su herencia, de las expectativas monetarias que siempre despertaron interés de los inútiles que bien encontraron la plataforma para multiplicar los efectos de sus ignorancias, de sus ineficacias, de las mediocridades que al lado de un gran hombre se disimulaban y rendían beneficios inmerecidos.


Ser  portavoz también me ha convertido en observador de ese submundo de las ridículas apetencias del morbo revestido de  información, de actualidad, y no cumulgo con la imbecilidad aunque comprendo que sea un instrumento para reivindicar esas verdades encubiertas como derecho de manifestación personal que quitaron al Sr. Ruiz-Mateos.


Afortunadamente, puedo afirmar que esas pestilencias de la codicia, de las avaricias en nombre de la justicia, de los teatros de los afectos a la luz pública-salvo honrosas excepciones-, no dañan la moral de un ser que acepta providencialmente los momentos en que reflexiona sobre el balance de una existencia luchadora.  


 D. José María tiene fieles, pocos, a su lado, que suplen la inmensa traición característica, la  afín a su genialidad siempre generadora de riqueza y tan incomprendida en un país donde la envidia es hábito insano de la corrupción.
   Los demás, en busca del bocado del esfuerzo ajeno, los enemigos, no cuentan en este batallar sin descanso. Lo importante es el nombre de quien ha sacrificado toda una existencia con la lucha sin cuartel ante unas malignidades orquestadas por muy ponzoñosos enemigos; serpientes y escorpiones ávidos de riquezas que no  han dudado en saquear hasta a punta de metralleta. La Justicia lleva algo de esos colmillos envenenados de la corruptela de todo un ruin Sistema que ha quedado impunemente conservado.

Solo existe la voluntad, por encima de los egoísmos que no le pertenecen, de pagar a los Inversores. Siendo testigo de este desempeño periódico, es evidente que creo en la capacidad por resolver problemáticas como así lo comunico y me reafirmo por las capacidades innatas de D. José María que le han acompañado toda su vida que no a los que pugnaron por llevarse los pedazos de un emporio empresarial y financiero siempre saqueado en unas u otras circunstancias ajenas de su ingenio constructor.


Toda una vida dedicada al trabajo para que sinvergüenzas de toda calaña intenten hacerle pasar por un forajido. Suerte tienen tantos demonios de que su única defensa haya sido no guardar rencor a los ejecutores de tantos daños. Cuando veo lo bien que viven delincuentes de baja estofa que usaron la política, la finanza, la judicatura y la empresa para robar sin punición, pienso en la suerte del demonio al que le salen bien los planes... pero nada dura para siempre y ya rendirán esas cuentas criminales, sin duda.



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